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Había que cruzar por la rue Lenoir y seguir hasta el semáforo, y enseguida te encontrabas frente al escaparate caribeño de la agencia de viajes ... L'explorateur, y después, un poco más allá, la librería, incrustada en la hilera de casas quietas de la rue Condorcet. Bouquiniste, decía el cartel que había sobre la puerta, y «Grand Liquidation».
Olía estufa de butano y a flores de papel y, para cuando la descubrí yo, ya tenía el aire desangelado de los lugares que se están convirtiendo en otra cosa. La librera, que a mí me parecía una anciana ancianísima, solía hacer ganchillo tras el mostrador o se sentaba en una mesa camilla que tenía en la trastienda a escuchar la radio. Yo la bauticé Mlle Duperier, porque me recordaba un poco a la directora del Lycée Blaise Pascal, que ese año se quejaba de que quedaba sin alumnos porque todos elegían español en lugar de alemán.
Mlle Duperier, la librera, no la directora, llevaba blusas floreadas y las gafas de ver colgadas con una cadenita. En la pared de detrás del mostrador tenía una foto dedicada, de cuando Françoise Sagan visitó la casa de George Sand en Nohant. No estaba lejos Nohant. Ahora la casa era un museo y se podía entrar y ver las tarjetas de visita de Flaubert, Balzac, Liszt, Tourgueniev, Alejandro Dumas hijo... y un piano que no tocó nunca Chopin. Eso me lo contó una tarde Mlle Duperier, que a veces me contaba historias.
Aquel otoño, el más frío de mi vida, le compré un montón de libros. El amante 3'50 fr, Claudine se va 2'25 fr, La fuerza de la edad 5'60 fr… Ella apuntaba títulos y precios en una libreta cuadriculada y me sonreía al darme los cambios.
Diciembre trajo la nieve a Chateauroux y las estanterías de Mlle Duperier fueron quedándose cada vez más vacías. Alguien compró las primeras ediciones de la Beauvoir y las obras completas de Victor Hugo; un coleccionista se llevó de golpe todos los libros para niños y otro, las revistas de moda y carpintería. Y un par de cajas llenas de novelas de Simenon y Agata Christie. A mediados de mes Mlle Duperier colgó en su escaparate un cartel que decía: «Últimos días». Antes de volver a casa a pasar las navidades, fui a despedirme.
Los de la agencia de viajes L'explorateur no descolgaron el espumillón de las palmeras ni quitaron las lucecitas de colores hasta pasado febrero.
En Châteauroux siguió haciendo el mismo frío, pero las casas quietas de la rue Condorcet parecían un poco más grises desde que no quedaban libros en el escaparate de la librería de Mlle Duperier.
A ella me la encontré algunas tardes paseando por el parque, esperando a que llegara la primavera.
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