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Si vivieras en el libro que estás leyendo ahora ¿dónde estarías? La pregunta me la hizo, al final de una presentación, una lectora aficionada a ... los viajes. Yo le conté que justo acababa de mudarme del deprimente Glasgow post industrial de 'Historia de Shuggie Bain'al barrio de Chicago donde pasó su niñez 'Maud Martha'. Es lo que tienen los libros, nos permiten hacer mudanzas rápidas y bastante menos traumáticas que las de verdad; nos llevan a lugares a los que es posible que nunca viajemos, y nos hacen recorrer, como si las conociéramos de toda la vida, calles en las que no hemos puesto un pie jamás.
El festival de narrativas Cuéntalo, que hace unos años se trasladó al campo para hablar de la vida en el mundo rural, ha dedicado su edición de 2024 a la ciudad. A las ciudades. Porque la literatura es viaje, sí, pero también es destino.
Nos lo contaron un puñado de artistas gráficos como Leticia Ruifernández, Marta Cartu o Marc Torices que, encabezados por Ana Jarén, autora del cartel del festival, llenaron de arquitecturas fantásticas los escaparates de las librerías de Logroño.
Nos lo contaron también autoras como Anna Pacheco, Marta Jiménez Serrano, Esther L. Calderón o María Folguera y autores como José Ovejero, Carlos Zanón o Juan Gómez Bárcena, entre otros, que hablaron de ciudades reales y ciudades imaginarias, de ciudades sin alma, de ciudades que se llenan mientras los pueblos se vacían, de ciudades que se vacían para que las llenen los turistas...
Porque las ciudades tienen mil caras, claro. Las de verdad y las de los libros. Y una ciudad no es la misma para las mujeres que para los hombres, para los jóvenes que para los viejos, para quienes tienen más o para quienes tienen menos o para quienes tienen un color o un acento distintos a los de la mayoría. De eso también se habló estos días.
Y del París de Cortázar y de Victor Hugo, del Madrid de Galdós y de Alana S. Portero, de la Barcelona de Carmen Laforet... Desde siempre, escritores y artistas se han apropiado de las ciudades. Desde siempre, las han hecho suyas y, de esa forma, las han hecho nuestras.
Es lo que tienen los libros. Que lo mismo nos permiten caminar por las ruidosas calles de Stratford-upon-Avon siguiendo los pasos de Hamnet, que sentarnos en el Algonquin de Nueva York, en la mesa de Dorothy Parker y sus malhablados amigos, o sospechar que en las calles de Venecia, aguarda, sigilosa, la muerte.
Las ciudades de nuestra vida no son solo las ciudades donde hemos vivido o las que hemos visitado, también son esas otras que nunca hemos pisado o que, mejor dicho, solo hemos pisado gracias a las historias que nos han contado otros. Es lo que tienen los libros.
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